Un nombre grabado en el metal
Roto como un encino
viejo,
se confunde con gentiles traicioneros
de poca memoria y
poco atrevimiento.
Su nombre está
grabado en el metal de un farol,
desde un jardín
vertical se sostiene exangüe,
en la memoria de los
lirios y las bicicletas.
La puerta del zaguán
se azota con el
viento;
el viejo pillo
mira por lo bajo de
sus cejas peregrinas
y alcanza a oler
entre las piernas de las muchachas
que huyen de sus ojos
como antílopes torpes;
indignadas por las
barbas y ojo tuerto.
En la diestra mano
sin báculo;
ansía la carne de
ternera,
el vapor, silencio de
la sangre,
y el aliento
peligroso de sus fieles asesinos.
Ya ellos, sus hombres
entonaban himnos a
dioses jóvenes,
veían en el roble la
cicatriz del colgado,
olvidaban las
inscripciones a propósito,
porque valía mucho
más su perfil inscrito
en la memoria de
conventos azules
y desiertos de bits.
Y, aunque otros
Arcanos suspiren al oído
que el éxito está
sobrevalorado,
Odín necesita que lo
escuchen,
porque tiene la
espalda rota
y las piernas se le parten en cualquier carretera,
Padre de Duendes,
Aquel-que-conoce-los-secretos,
Comandante de
ejércitos.
Pero este es un
adoquín muerto,
esta es una nostalgia
de milpas
y somos viejos
troncos;
no garantizamos la
nata de la leche ni el café de mañana,
no garantizamos,
siquiera, el agua,
y tus ejércitos están
muertos bajo el mar,
en la Piedra de
Sigurd, que no voy a ver,
en una pantalla de
veinte pulgadas,
en los gritos de la
afición
y los ríos congelados.
Pero aquí, en esta
ciudad traicionera,
todas tus hijas somos
putas
todas las tierras
están aradas
y, extraño,
en la arena y la cal,
Viejo Canalla,
quien te quiere
también está roto
quien te escribe
tiene un frío de tierra
y casi nunca pone pie
en el mar.

Comentarios
Publicar un comentario