El vértigo de la bondad
A Clarice Lispector
No quiero pensar que la campana está muerta,
pero alguien ha perdido la parada de un tranvía
y los tranvías sí están muertos.
Las campanas se doblan sobre sí mismas,
ajadas en la lumbre de una roca
que se acerca en el peligro de los aeroplanos.
Y un jardín es un fantasma.
Porque vi en su límite
la locura de un árbol que se atiza
en un balde de gasolina
cuyos colores óleos
recuerdan un arcoíris
o la ceniza de los cuerpos.
Una mujer llega a casa preñada,
porque el ciego era un minotauro y no un canciller,
un sabino furioso
que poliniza las líneas rojas de la tierra.
No quiero pensar que la campana está muerta,
pero el metal es un signo calmo,
frente a un ojo herido de luz.

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