Privilegio

 

Foto: Jerónimo Emiliano, 2019

En el portal de mi casa

hay dos punks

en el ritual del veneno.

El uno, cuatro dientes de menos

el otro, herida sobre la cara

la juventud que negocia

por un plato de sopa caliente.

 

Inmunes al cierzo,

llevan un cartel

que evita la plata

y prefiere un momento

de tu tiempo

para hablar de los viejos que no quieren

ser viejos

con tal de pregonar

un soul de los pétalos partidos.

 

El punk joven

me pide un cigarro de marihuana

y, como no llevo,

me dice que escuche un momento

por qué la luz es un privilegio

en las fisuras de las paredes:

 

La luz se pliega, tartamuda,

A habitar el tiempo del hielo;

la vi conquistar la sombra

y preñarla de confeti

no contenta con su burdo gobierno

sobre las costumbres de la hora.

 

El punk

está feliz

de verme vacilar

con su expansión resplandeciente

y la peste de su cuerpo vagabundo.

 

Pero yo sé con él que

la luz es un privilegio del líder,

embaucadora de la eficiencia,

del mentón alto de las fieras

y del mito del civismo.

 

La inercia de la pendiente

empuja hacia lo negro

al refugio, tras la columna, en el subterráneo

un antiguo puente bajo tierra

que pernocta en la vejez del escribano.

 

Pero la oscuridad está herida

de un perdigón en el ojo;

debe la letra de su alumbramiento;

ha visto sobrevolar un drone

y lo derriba de negro, adusta

en la branquia muerta

de los peces brillantes.

 

¡Escucha!, el punk grita:

La luz es un privilegio del canalla

 

Subí al departamento

con la pena de no conocer

el nombre de las iglesias oscuras,

pero convencido, al fin, de la máxima:


La luz escribe

en los muros

un corte de sal;

la guerra primera.


El punk

ya no se puede ver

desde mi ventana.


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