El juego de los símbolos
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Mundial 2010 en Sudáfrica; semifinal Uruguay vs Ghana. Al minuto 120’ del juego, Luis Suárez mete la mano para detener el tiro a gol de Vorsah. El uruguayo sale expulsado y los sudafricanos fallan el penalti. El partido se alarga, llega a la tanda de penales y la garra charrúa se impone. Un juego poco ortodoxo, místico, el de actuar como lo hace el barrio bravo, ganar contra quien sea y como sea. Uruguay: ese país de 3.4 millones de habitantes, uno de los menos poblados del subcontinente, y que, aun con esto, lleva la estrella de ser el primer campeón de la Copa del Mundo en la historia y uno de los grandes exportadores de jugadores: ahí están Fransescoli, Cavani, Abreu, Forlán y el mismo Suárez. Es el equipo, dice un amigo, de los Samurai (aunque valdría decir, mejor, del ninja): llevan dentro la sangre para ganar cueste lo que cueste.
Otro día, años antes, el Estadio Azteca estalló. Argentina contra Inglaterra: las selecciones jugaban los cuartos de final de la Copa del Mundo de 1986 en tierras mexicanas. Había mucho en juego: recién en 1982 estas naciones se habían embarcado en una guerra desigual por el control de las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur, ubicadas en el Atlántico, en un punto estratégico para el comercio y el ejercicio de la geopolítica, tan sensible en la historia de Latinoamérica. Ese partido significaba tantas cosas: América Latina se sintió descrita por quien, sentía, era la víctima de la guerra (aun cuando el hecho de perderla aceleró, se dice, el fin de la dictadura argentina). La guerra de los símbolos tomaba su lugar en el campo de juego.
Pero es que Dios, entonces, metió su cuchara (y más que eso) en el relato: “un poco con la cabeza y un poco con la mano de Dios”, declaró Diego Armando Maradona sobre el gol conocido como “la mano de Dios”, que, junto con otro gol suyo anotado al minuto 80’ del partido, sentenció un 2-1 histórico que llevaría a los albicelestes a la semifinal, donde derrotarían a Bélgica 2 a 0, y luego a la final, para consagrarse campeones del mundo por un marcador 3-2 contra Alemania Federal. Latinoamérica sentía que se hacía justicia por la guerra, y de paso, despejaba el polvo de su pasado colonial y del fuerte contraste que sufre contra Europa y Estados Unidos. Para muchos, el resultado de este partido, bien que mal, fue justicia divina.
Con un océano de distancia, en la España franquista (la terrible dictadura que duró 36 años y donde el proyecto nazi verdaderamente dio sus frutos), se prohibía hablar catalán y otras lenguas originarias de la península, se perseguía cualquier señal de pensamiento diferente y se mataba o desaparecía a los intelectuales. Más allá de los guiños oficiales que el club Barcelona hizo a Franco, cuenta la leyenda que el Camp Nou se volvió un ícono de resistencia contra la dictadura, al ser las gradas de este estadio un espacio rebelde donde la gente hablaba catalán y donde se coreaban los cánticos antaños, prohibidos en ese momento: “…Tant se val d’on venim, si del Sud o del Nord, ara estem d’acord…”.
En el mismo país, los “colchoneros” del Atlético de Madrid se volvían otro símbolo por utilizar las franjas rojas y blancas en su uniforme. La Liga Española señala que el origen de este apodo (y los colores de su camiseta) proviene de los colchones que se utilizaban en España después de la guerra civil, pero la gente dice que estos colchones eran repartidos por el régimen franquista como una limosna. Los símbolos también se resignifican. El Atlético de Madrid se convirtió en un equipo del pueblo. Hoy su lugar lo tienen otros equipos, como el Rayo Vallecano, que representa al barrio obrero de Vallecas, al sureste de Madrid.
De vuelta a Latinoamérica, por ahí de 1920 un grupo de exiliados palestinos conformaba el Club Deportivo Palestino, considerado dentro de los “grandes” del futbol chileno. Aunque hoy en día ningún jugador del equipo pertenece a comunidades árabes, este equipo, que utiliza los colores de la bandera palestina, es cada vez más un emblema de resistencia para los ciudadanos de este país ocupado criminalmente y en general para los migrantes de Medio Oriente en Sudamérica. En la guerra de los símbolos, la guerra real toma un lugar donde puede contenerse y dar escape a los gases que, de otra manera, harían explotar la olla de presión.
A más de 8 mil kilómetros de distancia, el Estadio Olímpico Universitario corea con el puño en alto el himno de la Universidad Nacional Autónoma de México, otra insignia, ésta, la de la resistencia estudiantil, la de la insistencia de la educación pública, gratuita y autónoma, el poema épico que representa a un equipo imposible: el del presupuesto siempre crítico, el de los pocos fichajes bomba, el primer bicampeón de los torneos cortos en México, el que nadie sabe cómo llega a las finales. El templo para los estudiantes e intelectuales “de a pie”, donde nació el barrismo mexicano y donde cada 6 meses se enfrenta contra el acérrimo rival: el que pertenece a la televisora más poderosa de América Latina.
Cuando el Club Necaxa se mudó de Ciudad de México a Aguascalientes, el DF perdió a uno de sus equipos de más tradición. El equipo de los electricistas había nacido en la capital 78 años antes (1923) gracias a la fusión de dos clubes: Tranvías y Luz y fuerza, en representación de los trabajadores electricistas, y fue pensado como un equipo de obreros, los mismos que en 2009 sufrirían una terrible estocada por la liquidación forzada de Luz y Fuerza del Centro dirigida por el expresidente Felipe Calderón, asunto que los llevó a la resistencia civil, ya sin su emblema deportivo, sin empleo y con una promesa jamás cumplida de reubicación laboral en la Comisión Federal de Electricidad. Como si fuese una despedida trágica, poco antes de su mudanza el Necaxa chilango le había arrebatado el 3° lugar al Real Madrid en el Mundial de Clubes, luego de un empate 1-1 que se resolvió en la tanda de penaltis. Necaxa y Monterrey son los únicos equipos mexicanos que han logrado algo parecido.
En el fútbol de grandes ligas están representados los dramas populares: lo viejo contra lo nuevo, el rico contra el pobre, el poderoso contra el “débil”. “Una de las razones por las que el futbol es el deporte más popular del mundo, es porque los débiles pueden vencer a los más poderosos”, dicen que dijo Marcelo Bielsa. El conflicto que se convierte en juego y ahí se contiene.
'El St.Pauli es la única opción' es el lema del equipo de los refugiados, las prostitutas, los punks y la disidencia queer en Alemania. Quizá uno de los equipos más tirados a la izquierda en el mundo, aunque con sus contradicciones (que ha sabido superar). En el libro St.Pauli. Otro fútbol es posible (Capitan Swing, 2017) se cuenta la historia de cómo los aficionados del Hamburgo migraron de equipo en los 80’ por la proliferación de neonazis en sus gradas, cómo fueron seguidos por los punks y anarquistas de los barrios pobres de la ciudad y cómo conjugaron a un equipo fiel a los de abajo. Aunque poco ha ganado el St.Pauli en las vitrinas, mucho es para los de a pie, para los disidentes y los desadaptados.
La deuda de nuestras demandas sociales y problemas culturales vigentes está, en el siglo XXI, en la lucha por la paridad salarial entre el futbol femenino y el masculino, y en general por mejorar las condiciones de trabajo de ellas. Se ve complejo, frente a la FIFA opaca, frente al mercantilismo mercenario y la prensa sin ética, que conforman un control patriarcal muy oscuro en el futbol mundial. Pero es necesario, es justo, es urgente. Quizá podemos empezar por consumir el fútbol que juegan las mujeres.
Preguntarse por qué el fútbol tiene tanta importancia en los países hispanos pasa por estudiar con ojo clínico su historia. En otra ocasión podremos hablar del “fútbol de llano” donde se juega el mejor balompié, claro. Futbol de verdad. Por ahora: apropiémonos del deporte más hermoso del mundo, ocupemos las gradas, cantemos, que ruede la bola, y ¡qué viva el fucho!

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