El Códice Borgia. Breve crónica de una visita a la Biblioteca Vaticana

 

Foto: Códice Borgiafacsímil

En febrero de 2020 el mundo recibía con escepticismo la noticia de que una “gripe atípica” que provenía de Asia se propagaba con velocidad. Aunque había alarma, pocos dimensionamos los cambios que el microscópico patógeno significaría: en nuestra forma de interactuar, de querer, de percibir el espacio, en nuestra relación con el cuerpo y con los servicios de salud, cambiar nuestra forma de viajar. Para la segunda semana de marzo, el primer ministro de Italia, Guiseppe Conte, anunció la cuarentena en todo ese país y las conocidas medidas de restricción social. El resto de los países seguiría estas medidas sin poder evitar cifras catastróficas de muertos y hospitalizados.

            Casi en las mismas fechas (enero, no se espanten), un mexicano necio volaba del aeropuerto de Barcelona a Roma en un vuelo de 10 euros para visitar la Biblioteca Vaticana y consultar el manuscrito catalogado como “Messicanus 1”, conocido como el códice Yoalli Ehecatl o Códice Borgia (Mixteca. C. 1300 d.C.). Ante la tragedia que se venía, un acto pueril como ese queda en segundo plano: a nuestros muertos no les importan las aventuras de los vivos. Pero ahora, casi dos años después, viene bien recordar, ante la curiosidad de muchos (y quizá también como un homenaje a los que se fueron), qué fue lo que viví y qué significa para un verde estudiante de maestría sostener en sus manos un libro de unos 700 años de antigüedad y de tremenda importancia para los estudios mesoamericanos. Este códice, en su clasificación genérica, puede catalogarse como un teoamoxtli¸ “libro divino” y/o un tonalamatl, “papel del destino” o “papel del alma”. Un libro sagrado que ha permitido conocer la cuenta del tiempo, religión y el calendario ritual de los antiguos mixtecos.

            Mucho del misterio, del orgullo y de la idealización del pasado precolombino proviene de la -a penas- noción de la existencia de estos documentos. Se asume que existió una gran cantidad de códices mesoamericanos, pero pocos saben que a la fecha solamente 15 están confirmados como elaborados antes de la conquista o durante ella. No se ha hablado lo suficiente sobre los autos de fe (piras medievales de libros) implementados por los conquistadores, donde se perdieron incontables documentos, piezas arqueológicas y quién sabe qué más; tampoco se habla lo suficiente sobre la aniquilación de los tlacuilos (escribanos) y los tonalpohuqui (lectores del destino), que interpretaban el calendario sagrado de los códices y realizaban pronósticos a partir de ellos. De estos 15 códices, solamente dos se resguardan en México.

Se asume que existió una literatura mesoamericana, pero el deseo de reconocimiento de algunos y la necesidad de otros de poner en el mismo pedestal a la escritura local con la europea ha creado serios malentendidos alrededor de una realidad demoledora: el código de escritura era radicalmente distinto, igual que la función de la literatura y que la concepción “autor”. No le debemos nada a nadie.

Un año de trámites: solicitudes, cartas de recomendación, emails, envíos físicos, trámites ante Conacyt, ante la Universidad de Zaragoza (España), la UAEM (Morelos), trámite de visado de estudiante, seguro de viaje, boletos de avión, crédito educativo… el primer obstáculo es que el códice está digitalizado y ante eso el Vaticano quiere que lo consultes en su página web; pero nunca será lo mismo la pantalla que la carnita. Jueves 6, viernes 7, lunes 10 (el fin de semana la Biblioteca Vaticana no abre). Mi grado de licenciado, mi nacionalidad y mis recomendaciones me permitieron tres entradas, controladas con una credencial que funcionaba como llave de hotel y que me permitía traspasar los torniquetes con una laptop, un cuaderno y un lápiz (las plumas no están permitidas), para proceder a los detectores de metal.

Nunca se hospeden en un hostal hasta el tope de latinoamericanos si lo que quieren es dormir bien y tener espacio para estudiar (pero da miedo pagar en euros). Solicitar el cambio a una sección menos ruidosa me costó un cruce de palabras con el hindú que administraba el lugar. No todo fue malo: conocí a Santiago, un malabarista chileno que llevaba media vida en Roma (un tipazo), a Viktoria, una alemana con el brazo fracturado que huía del frío, a Daniel, un noruego que odiaba hablar de los vikingos, a un viajero proveniente de Sudáfrica que recorría la ruta por tierra más larga del mundo hasta el Estrecho de Bering.

Me gustaría dejar en claro que la Biblioteca Vaticana no tiene nada que ver con lo que nos imaginamos a partir del El Código Da Vinci. Aunque se dice que las bodegas son un poco más parecidas a lo que ahí se vio, la Biblioteca es una más entre su tipo: una muy bella, con numerosos frescos en techos y paredes, pero al nivel de otras grandes bibliotecas, como la Biblioteca Central de la UNAM o la José Vasconcelos. Se accede por una entrada lateral a tres cuadras de la Plaza de San Pedro y la Capilla Sixtina, en la esquina de la Via di Porta Angélica con Borgo Pio. Una vez dentro, se avanza por una calzada interior hasta una garita donde es solicitado el pasaporte (no es una entrada a turistas, es un acceso a la Ciudad del Vaticano). Después de las formalidades, se avanza otro poco sobre la calzada hasta un portal interior que da espacio a un estacionamiento. Del lado derecho, en un edificio de cerca de cuatro pisos, se encuentra la Biblioteca.

Sorprendentemente, me fue bien en la entrevista con la directora (tal vez porque ninguno de los dos hablaba muy bien inglés), pero dormir poco y mal me llevó a olvidar en los lockers un artefacto vital: el adaptador para conexión eléctrica americana-europea. Muerte total. Las primeras tres horas se me fueron en rehacer a mano las fichas de datos que tenía muy organizaditas en mi computadora. Más o menos a la mitad de ese proceso, después de una bizarra conversación en inglés-ita-español para dejar en claro qué documento quería (la biblioteca del cardenal Stefano Borgia, de donde obtuvo el nombre el Códice, tenía cientos de manuscritos), hombrecitos disfrazados de mosqueteros me trajeron un facsímil, una copia idéntica. En ese momento comenzó la prueba. Otros fulanitos vestidos igual me observaban, además de las amenazantes pantallas y las cámaras donde se vigila cada movimiento a vista de todos. Fascinado porque era la primera vez que sostenía incluso una copia así del Códice, dejé que el examen trascurriera mientras terminaba mis fichas. Al cabo de la hora, fui a pedir de nuevo el original, cosa que me fue concedida, no sin resistencia. Un mosquetero de otra categoría llegó un poco después con un carrito con el códice original.

El Códice Borgia (aprovecho para aclarar que “Código” y “Códice” no son la misma palabra, curiosa y común confusión) es un manuscrito mixteco de 39 hojas plegables pintadas en ambos lados, para un total de 76 láminas. Tiene forma de biombo y está pintado con tinta vegetal en tonos rojos verdes, negros y amarillos sobre una superficie de piel de venado cubierta con estuco. Está protegido por dos tapas de madera añadidas después de su fabricación. Dato curioso es que el códice está visiblemente quemado por ambas caras, lo que ha hecho suponer que fue rescatado de una hoguera. Durante el s. XVIII estuvo resguardado en la biblioteca del cardenal Stéfano Borgia (1731-1804). José Lino Fábrega (1746-1796), amigo de los Borgia y considerado el primer comentarista del Códice¸ lo donó al Vaticano después de la muerte del cardenal. Residió en el Archivo Secreto del Vaticano hasta 2019, fecha en que éste desapareció para dar lugar al Archivo Apostólico Vaticano.

La pregunta de siempre: ¿por qué está en el Vaticano? Porque no podría ser de otra manera y porque de los destinos posibles ese fue el más seguro. Lo destruían o desaparecía en una colección bizantina para después subastarlo por miles de euros en una prestigiosa y oportunista “casa” (tal vez en París). Quizá hubiera acabado en la mansión de algún político mexicano o se lo robaban del Museo de Antropología e Historia, como la Máscara de Pakal. En Italia se conservó decentemente bien por lo menos durante tres siglos. ¿Es tiempo de que estos documentos regresen a México? Sólo si hay condiciones para su resguardo, consulta y exposición. Un Peje así lo quiere. En cualquier caso ¿somos los mexicanos quienes tenemos derecho de reclamar pertenencia o son las comunidades mixtecas? Según el inciso IV del artículo 2° de la Constitución: “(Las comunidades indígenas tienen derecho de) Preservar y enriquecer sus lenguas, conocimientos y todos los elementos que constituyan su cultura e identidad.”

La sensación que yo tuve (si se quiere, consuelo de tontos), fue que, aunque ahora no son los tonalpohuqui quienes lo cuidan, son otros considerados “hombres de dios” por otras personas los que lo hacen. Eso sí, se pide amablemente a las autoridades de la Biblioteca que proporcionen guantes de látex, mascarilla y todas las medidas necesarias para manipularlos, puesto que los documentos antiguos no sólo se protegen con burocracia y no son suficientes los dos palitos que te dan para cambiar las hojas.

Los detalles de mi investigación son aburridos y pueden encontrarse en otros escritos. suficiente con decir que se cumplieron los objetivos y que esta ha sido la experiencia más trascendente de mi vida como investigador y escritor. Por supuesto que ocupé mis tres días de entrada y traté de aprovechar cada minuto al máximo. Todavía siento mucha emoción cada que cuento la historia y suelo cansar a gente que no le interesa con esta anécdota. El primer día salí temblando de la biblioteca, pagué el café más caro del mundo cerca del Vaticano para usar el Wifi y llamé a mi madre para contarle todo, temblando de emoción. Siempre supe que lo lograría, pero no qué sentiría al lograrlo.

Un mes después este viaje hubiera sido imposible. Quiero agradecer públicamente a la Dra. Celia Fontana (Facultad de Artes, UAEM), al director administrativo de aquel entonces, Juan Carlos Ramírez, a la Dra. María Luz Rodrigo-Estevan (Facultad de Filosofía y Letras, UNIZAR) y al Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología por el apoyo prestado. Sin ell@s esta crónica no existiría.

 

PD. Como no quiero aburrirlos más con choros. Los dejo con las fotos que tomé de contrabando del Códice. Como don Francisco no me va a perdonar, ustedes háganlo.

 






 

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