Esta maldita apatía
Foto: Argentina forestal, https://www.argentinaforestal.com/2022/10/21/antonio-elio-brailovsky-2/
I
La culpa, señor, la tiene esta maldita apatía. El diablo se disfraza de régimen y los árboles gigantes ya no arden en nuestras entrañas; el carbón es un combustible que pide aire; el aire pesa lo mismo que el hierro que imaginó la fundidora, el aire es rojo, alguien respira y sus bronquios se vuelven brea, resulta que el continente experimenta la neumonía del pistón.
Porque la historia verdadera de la conquista de América no la escribió España, ni la hicieron los que se llenaron los pómulos de plástico fundido, comprando votos y dignidades, y aún una banda de colores para su ánimo. Esta historia, señor, la hizo un soldado que se llama Pronombre personal y la única persona es la segunda. La verdad está en nuestra voz, sólo si la voz no pretende títulos y honores, si se permite volverse partícula y ser una línea transparente que flote con curiosidad, que aprenda que la gravedad es aguda.
El
rey nunca vendrá al Carmen de Patagones, ni a la Ciudad de México, ni a la
Islacristal, ni a la Penínusula de los Arietes. El rey flota como una almohada
imantada y se asusta de sí mismo, el rey es tartamudo y es loco, y cuando el
centurión se voltea, vuelve a la normalidad y se arranca la quijada. Sus
dientes son semillas que lloran; la ceiba que le crece tiene espinas de metal.
Aquí
está, cambia. Miraos las manos, César: ¿no son del color del fluido? Escuchad,
majestad: ¿no habláis un idioma ininteligible a los españoles y a los indios?
¿Qué vela que entre por qué río estáis esperando? Nunca llegará. ¿Qué corsario
os habló de una tierra que era mujer y que su vello era la enredadera que
tomaría vuestra cabeza y se la hundiría en la vulva? ¿Qué harás cuando las
paredes de carne se precipiten sobre vos, hombre minúsculo? Colapsarás y vuestra
testa se encontrará con vuestra cola; vos serás el óvulo fecundable, crecerá en
vos, sobre vos, algo parecido a la vida.
Los
escritores, ¡oh! César, son hombres extraños e inseguros. Quizá deben pasar
largas horas antes que escojamos la ropa que llevarémos a nuestro entierro,
quizá la prisa nos haga ponernos zapatos de diferente par, sombreros de
periódico, perfume hecho del orín que se guardó para el análisis clínico, sal
en nuestras sienes, algún maquillaje que adelante el trabajo del embalsamador.
Esto nos está pasando, ¡oh! César, con las ilusiones que trajimos de nuestro lejanísimo escaparate, de nuestro cercano monitor. La pantalla se hace turbia y el chorro que sale de los contornos engañosos nos hace morder las manos de rabia. Una ciega lentitud nos tumba en este desierto performativo y nos hincha, es el aire de este inútil confín.
II
¡Muy grande César! Bienvenido a vuestras tierras. Necesitamos la muerte, el derrumbe, el fracaso. Corresponder; hacerle caricias a una calaca cualquiera. Una calaca soba a otra calaca, la primera se deshace y el polvo se eleva trece veces, hace que el cielo se pinte de amarillo y llega el pensamiento: ¿el smog será en realidad partículas de nuestros huesos? ¿No será que en realidad respiramos el propio azufre?, ¡oh! César, morir es respirarnos a nosotros mismos; morir es un pleonasmo desobediente; es dejar que algo de afuera penetre y pensar que un arcaísmo es arcaico en la medida que el arca pese lo suficiente y nos hunda ahí donde la presión rompe nuestros pulmones.
III
<<No os vayáis de casa>>, os dijeron. <<Lejos los
animales son monstruosos.>> Y vos dijisteis que teníais miedo de los
leones, habíais leído que allá afuera viven los pájaros nocturnos, los que se
visten de hombres de cabellos de oro y firman con los verdugos y los
prestidigitadores. Os habían dicho de las serpientes y los cocodrilos que hacen
hoyos en la tierra, y de los buitres que beben de una botella de plástico y
cuentan chistes sobre los hombres-mono y el lobo-hombre. ¡Oh!, gran César, las
enciclopedias os contaron de un Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que tenía el
miembro minúsculo y hombros de indio norteamericano, que robó una piedra mágica
a una vieja hechicera para hacer crecer su virilidad, luego su sexo se hizo tan
grande que lo llevaba en carretilla y ahora persigue a las muchachitas entre
avenida del Trabajo y Congreso de la Unión. A vuestros oídos adornados con
guirnaldas y audífonos Bosé había llegado el rumor de unos
bufones que le gritaban a lo eterno: <<¡Dura! ¡Come de mi
mano!>>, como si los zoológicos fuesen pistas para atletismo. Pero
no queríais ir a conocer a las bestias, preferíais creerle a la lechuza que
vigila desde el árbol y que os advierte con voz distinta: <<¡Huid, huid,
huid!>>
Huid, pues, Césares, perseguid la mañana en monopatín o en banda ancha. Total, la melancolía se esconde detrás del sol. Vosotros sabéis a lo que me refiero.
IV
<<Estas manos jamás tocarán la tierra.>> Dijisteis con
orgullo inglés. <<Estas paredes deben engrosarse, estas torres deben ser
más altas, estos techos dorados deberían reflejar más luz, este templo debería
dedicarse al plástico, este ídolo de petróleo debería oler a pino. Ve, must
be. No vaya a ser que un día los españoles dejen de buscarnos y entonces,
¿qué será de nosotros, hijos del diablo?>> Porque América es diabólica y
sus hijos tienen los ojos volteados. América tiene miedo de abrirle la puerta
al granizo, América tiene miedo de leer el presente.
<<Europa, por otro lado, es Dios. >> Oí que vuestra majestad decía casualmente en el pasillo de una barraca. En el periódico, mientras tanto, la bolsa se llenaba de gusanos y se desfondaba de lodo. Un montoncito de tierra seca sintió crecer en sí un árbol.
Yo os entiendo, majestad. Es cierto que el suelo de América arde; es cierto que el frío cuartea la piel; es cierta la bala, y el gel, y la sonrisa de las modelos, y el grito de la mujer en la pornografía; es cierto el acuchillamiento; es cierto que un guardia de seguridad huyó de Guadalajara porque le voló la tapa de los sesos a un fulano con un bate de béisbol; es cierto que el guardia ahora se hace pequeño con una caguama vacía enfrente, y es cierto que Tin Tan le cuenta un chiste para que se alegre; también es cierto que esto no es Sudamérica y aquí la geografía nos sofoca, de este lugar no es la costumbre del viento y sí la de la incubadora de demonias, sí los hijos de papel enmicado.
V
La culpa, señores, la tiene esta maldita apatía de buzón de correo y esta velocidad de libélula sin ala. Uno, cloch, dos, cloch, tres, cloch, cuatro, cloch, cinco, cloch, seis, y el autobús se parte horizontalmente; el cráneo de los niños muertos escupe líquido acedo.
La Ciudad de los Césares es muy cómoda, con tanto I-tú, I-yo, I, I, I. Con postales para recordarnos del desierto, con agua caliente y fría, e inversión privada, y aborto a los dos meses, y sinónimos, y antónimos. No esperen que los billetes los defiendan de la lluvia de materia gris, ya se les caerán los trozos de papel el día que los anaqueles escupan su Oda al canto de Caligolpe, la fea, que conquistó el país de los delfines con fragmentos del tipo “La vida es un pájaro con un seno que gotea por la corola, donde un rayo maltrecho cae. El pájaro es conducido por un joystick."
Sin embargo, repito, yo os entiendo: aquello del imperativo categórico, las pastillas honoríficas, la razón legisladora y la pasta de dientes; aquello de la teología y la deontología. La Ciudad de los Césares es el paraíso, la brillantez del oro no hace sombras, es más fácil escribir siendo responsable de la palabra. Mas, señores, no olvidéis vuestros apuntes: tras la muerte, la sombra puede regresar a la superficie terrestre para dañar a los que no observan las normas naturales. Mejor hagamos caso a las recomendaciones: matemos los sueños, que cuando son reales devienen en pesadillas, destruyamos la Ciudad de los Césares, antes que la guerra se salga de su lugar y llegue hasta aquí.

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